La Scherezada de la Megalópolis

Cerró los ojos y se quedó dormida en aquel bus. Yo la seguía porque la quería; ¿la amaba? La deseaba, deseaba su presencia y su voz.

 

Ana pensaba que todos los días cambiaba mucho. Su entendimiento se veía truncado ante la imposibilidad de saberse ella misma; la volátil experiencia del transporte la marcaba, aunque de pronto era ella quien marcaba y formaba la experiencia. Se aventuraba todas las mañanas después de la universidad a la insoportable realidad de su ciudad. Recorría las calles montada en un bus, como aquella tarde.

No es claro si divagaba, alucinaba, dormía en vela o si simplemente se desconectaba como la mayoría de los encisos de la ciudad de Bogotá que entre sus ropas grises y sus ojos tristes esconden las historias insignificantes que componen el universo de lo concreto y lo usual, que con la mirada evalúan los peligros y cuyas vidas reflejan la prostitución de una cultura esclava de lo inevitable.

Pero ella ojeaba a los transeúntes con desinterés, como buscando algo que no se le ha perdido. De vez en cuando uno le causaba gracia, como a un niño se la causa el bigote desteñido y cansado de su abuelo, le dedicaba unos cuantos segundos e inevitablemente descubría la historia de su vida. Entre muchos otros, Ana tenía ese don. Cerraba los ojos y las imágenes empezaban a sucederse, una detrás de la otra, siempre de manera concreta, estructurada y verosímil; rápidamente las escenas cobraban sentido y se fundían con cargas pasionales que definían las líneas de la materia. Después de unos momentos de profunda reflexión, durante los cuales a veces reía, a veces lloraba, el alucinante intelecto de Ana ponía todo en palabras, lo adornaba con adjetivos traídos de París, lo estructuraba con formas norte y sur americanas, y lo terminaba con toques de ironía inglesa, aquella que transpira por las aceras londinenses en las que tanto Jack como Winston vieron sus primeras primaveras. Nadie inventaba cuentos como Ana.

 Una vez uno de sus clientes quiso aprender de ella su sistema creativo.

 

-¿Cómo haces para inventarte todo eso?

Le preguntó.

-El cuento está en la mirada; solo el que sabe mirar podrá aprender a contar. Ana le contestó.

 

Su presciencia era empalagosa, absolutamente irresistible. No hay, ni ha habido jamás, ni nunca habrá, hombre o mujer o niño o niña, mamífero o reptil, ave o pez, tubérculo o arbusto, fruto o nuez, que se pueda resistir a caer profundamente enamorado o enamorada del angustiante y melodioso universo de los cuentos de Ana.

 

Después de acostarse con sus clientes, se paraba de la cama satisfecha y se vestía con una bata color vinotinto que cargaba en el bolso de cuero de serpiente. Regresaba a la cama al lado del hombre ansioso que la acababa de poseer desinteresadamente, y le empezaba a hablar con ternura. Cuando Ana soltaba la lengua, no había quien la igualara. Contaba historias de tiempos remotos y de vidas extrañas. Armaba dramas de princesas y de caballeros y regresaba a Bogotá para contar sobre la podredumbre de la urbe y sus habitantes inertes que se pasean por la vida citadina como ratones en busca de comida en un mundo para los más grandes.

Su verdadero secreto era que todos sus cuentos eran sobre sí misma. Su habilidad era una tremenda facilidad para convertir sus miedos en epopeyas, sus deseos en comedias, sus vivencias en dramas y sus fantasías en poemas.

Vendía su habilidad para contar. Era la Scherezada de la megalópolis, con más fobias que peligros; vivía en el infierno de su propia vida, y, aunque se desahogaba al acostarse con los hombres, sufría profundamente al contar su vida disfrazada. Cobraba con el sexo, pues nunca le interesó la plata.

 

Aquella noche que yo la seguí, lloraba porque se había enamorado del hombre con quien estaba, y al empezar a contarle un cuento, se había dado cuenta. 

Una Vida Narrada

El sabio e ilustre Antoine de Roquentín descubrió, mediante la reconstrucción de la historia de la vida del marqués de Rollebon, que el ser humano, para darle sentido a su vida, necesita inmensamente la aventura. De la misma manera, Roquentín comprendió  que la aventura solo existe cuando se narran los hechos, y no en el momento en el que ocurren; de estas dos premisas dedujo que no es lo mismo una vida vivida que una vida narrada, y que por lo tanto, el ser humano necesita narrar los hechos de su vida para poder darle sentido, a partir de la aventura de vivirla.

Mi papá me leía los favoritos de su propia infancia: Saint-Exupery y Rafael Pombo. Lo recuerdo con nostalgia; me conmueve recordarlo. Me enseñaron a leer en el colegio, y leía los libritos de pasta dura de la Oveja Negra que aun se consiguen en la feria. Y me encantaba ir a la feria. Un poco mayor leí mitología, Griega y egipcia, principalmente, al igual que las leyendas locales maravillosamente pintorescas. La vida cobró sentido con Tintín y con los personajes del genio Roald Dahl; escritor de Charlie y la Fábrica de Chocolate, las Brujas y La Increíble Historia de Henry Sugar. A veces pienso que estudié periodismo para ser como Tintín, y que soy capaz de soñar por haber encontrado un tiquete dorado en una chocolatina de Willy Wonka.

Mi paso por la pubertad fue de la mano de un cambio significativo; conocí a algunos de los maestros de la novela; a Dostoeivski, a García Márquez y a Ernesto Sábato. Pasé de niño a púber y de púber a joven adulto como de realista a realista-mágico y de realista mágico a realista psicológico. Aprendí a querer a los ingleses al conocer a Shakespeare y a Wilde. Los dos maestros de la lengua inglesa me hicieron transitar entre el amar a la vida por sus pasiones, y al odiarla por sus injusticias.

Al compaz del bramido de un minotauro, me perdí en la ciudad de los inmortales y aprendí, muy a mi pesar, que “ser inmortal es baladí, menos el hombre, todas las criaturas los son, pues ignoran la muerte”.  Viajé al futuro y conocí un Mundo Feliz, donde John intentaba recordar al personaje que Saramago recordó en su Evangelio, y que recientemente Dan Brown estableció como el marido de María Magdalena, el bisabuelo de los Merovingios y la causa y excusa de una serie de “hombrecillos resentidos”, como los calificaría cierto alemán llamado Friederich.

Lo más cierto de todo esto es que nunca he parado de leer, y cuando regreso a Rin Rin Renacuajo y a El Principito, comprendo que la vida sin francachela y comilona es como un mundo donde nadie entiende los dibujos de serpientes devorando elefantes.

La literatura siempre ha sido parte de mi vida. No diría ni que me relaja ni que me sublima. Me toma por sorpresa y me consume; me sacude y me arrolla. Me remueve.

Me llamo Eduardo Gómez, y soy adicto a los libros. 

Despertar #3

No habría momentos que dejaste solos y colgados

Ni tampoco los recuerdos, lo impaciente de mi beso

Solo muros vacíos de palabras que contienen los misterios

Y olores inertes, persistentes que enfatizan el bostezo.

 

Aquí la piedra que labra un compás en la nostalgia

Allá la luna que ni alumbra con su toque la hondonada.

 

El ruido de la rueda me recuerda tu silencio

Y en la ruina de lo oscuro, desafía el universo. 


» T-800 + C3PO = Termitripio 

» T-800 + C3PO = Termitripio 

(via 3v4n0)

Inevitable

No se escuchaba el común ruido de la calle. Las luces definían las formas inconformes que, en su presencia sutil, revelaban los miedos trastocados de transeúntes que pasaban, vacíos de ilusiones. En copas consecuentes compartían los recados de pasados amores y de algunas traiciones propias, roídas y maltrechas.  Los besos muertos estaban más vivos que nunca, y en el roce de las pieles respiraban sus promesas miopes, llenas de cortas pretensiones.

Él la miraba sabiendo que sería la última vez que la besaba, y ella lo besaba sabiendo que era la primera vez que realmente lo miraba. El espejo sonreía a sus espaldas, mientras distorsionaba, con hipócrita complicidad, aquellos ademanes de las ciertas y concretas inseguridades.  

La risa se esfumaba entre las piernas, el humo y las copas consecuentes. Se sabían amantes en historias, pero perdían sus papeles en las tablas, como el poeta analfabeta que trágicamente, tampoco sabe declamar. Y se cerraba la cortina con el último beso muerto, más vivo que nunca, y que en su cadencia revelaba un final; consecuente, miope, inevitable. 

Language (…) has created the word “loneliness” to express the pain of being alone. And it has created the word “solitude” to express the glory of being alone. — Paul Tillich
Great things are done when men and mountains meet — William Blake
This isn’t painful. Getting shot is painful. Getting stabbed in the ribs is painful. This shit isn’t painful. It’s empty… dead. — Anthony Soprano Sr. 
Ah, yes, but as the philosopher Jagger once said, ‘You can’t always get what you want.’ — Gregory House M.D. 
In the undying words of the Guns ‘n Roses, ‘use your illusion’.
Just remember, its an illusion.
— Insightful Doubt.